27 noviembre, 2006

La Universidad fantasma

La semana pasada hubo elecciones al Claustro de la Universidad y a la Junta de la Facultad. Votaron unos 3.000 alumnos de 30.000 matriculados, un 10 %, una participación no escandalosamente baja, pero sí en la tónica general de desmovilización del alumnado universitario. Los resultados pueden verse aquí, al menos los del Claustro, porque la página web de nuestra Facultad no ha publicado nada todavía sobre las elecciones (si ya de por sí existieron poco, para nuestra web ni siquiera existieron).

La sensación que tiene uno es que esto es aún una farsa mayor que las elecciones catalanas de las que hablaba hace ya tiempo (qué poco escribo últimamente...). Primero porque las candidaturas se presentan con programas cortos de miras, con propuestas delirantes. Y eso en el mejor de los casos, porque si se observan los carteles electorales muchas veces lo único que hay es ideas vagas y lemas generales (por una universidad solidaria, por un campus aragonesista y cosas así). Y segundo porque si se miran las actas de las últimas juntas de Facultad, por ejemplo, se ve cómo sistemáticamente nuestros representantes no asisten. Y este pequeño incoveniente físico les impide, claro está, realizar el ideal que supondría explicarnos al resto qué se decide allí.

Pero bueno, poco nuevo hay en todo esto. Una Universidad convertida por todos en mera expendedora de títulos, una Facultad sin conciencia de serlo, un modelo de estudiante pasivo, una relación profesor-estudiante viciada por mil tópicos y prejuicios, unos departamentos cerrados a cal y canto al exterior, unas jerarquías académicas obsoletas, una vida cultural catatónica... Ante este panorama, yo mismo, que creo en una idea de Facultad y en un modelo de estudiante muy diferente a lo antedicho, a duras penas he conseguido forzarme a escribir estas pocas líneas, tanta es mi desmotivación. Por lo menos espero, pues ése es el espíritu de este blog, sembrar alguna pequeña semilla para, por lo menos, ser una pequeña parte autoconsciente de la Facultad.

02 noviembre, 2006

Una pequeña farsa

Por un extraño motivo desde que era pequeño me encantan las noches electorales. La de hoy ha sido corta, porque Cataluña escruta muy rápido. Pero me gustan como me puede gustar un partido de fútbol, un entretenimiento rápido y sin demasiada trascendencia, un poquito de emoción, alguna pequeña sorpresa y punto. Y ése es el problema, la enorme irrelevancia del juego.

Porque hoy los catalanes han votado, pero lo más importante, quién va a presidir el gobierno y con quién, queda fuera de su decisión directa. Con los votos de los ciudadanos (cribados, por cierto, por un sistema de distribución de escaños dudosamente adecuado), hay tres opciones, al menos: un gobierno CIU-PSC, un tripartito PSC-ERC-ICV, o un gobierno nacionalista CIU-ERC. Tres programas políticos muy diferentes, sobre el que los ciudadanos nada tendrán que decir. No habrá en los próximos cuatro años un solo mecanismo democrático por el que los catalanes puedan influir en las políticas del gobierno de la Generalitat. Esto es la indirectocracia. La gente vota pero vete tú a saber lo que pasa luego.

Y es que estamos todo el día hablando de estatutos y de repúblicas o monarquías, y queda en el tintero el tema capital: la reforma del sistema electoral e institucional. No es ya soñar con una democracia ideal, con ciudadanos ideales y participación directa. Sino introducir mecanismos correctivos de los fallos del sistema: elección directa con primera y segunda vuelta de los alcaldes, presidentes autonómicos, y presidente del gobierno; reforma del Senado para convertirlo en una verdadera cámara articuladora de las autonomías; abrir vías de participación política en los municipios. Pero esto no ocurrirá, porque el sistema beneficia a los dos grandes partidos, y así nunca cambiará nada. Y mientras, continúa la farsa. Por cierto, seguramente reeditarán el tripartito. O no (atención a la cara de ministro de Durán i Lleida). Pero, ¿a quién le importa?

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