31 diciembre, 2006

El peor fin de año posible

Ayer el año 2006, si se me permite la personificación, se reflejó en un espejo deformante y en un solo día se agudizaron sus rasgos más horribles. Que son, al fin y al cabo, los rasgos de este raro comienzo de siglo. Lo único bueno del asunto es que todos quedan retratados en momentos así, libres de focos y maquillajes. El esperpento es a veces la mejor forma de comprender la realidad. Y un aparcamiento destrozado y una horca oscura son elocuentes resumentes del esperpento. Para qué decir más.

Y hoy tras la resaca, las cosas aún son peores. Por primera vez no hay una concentración unitaria en contra del terrorismo. Por primera vez tras un atentado se oyen más gritos contra el gobierno y las instituciones que contra ETA. No seré yo quien señale a los responsables de la situación, pues en todos los actores hay parte de culpa. Pero la foto que me quedará grabada este fin de año es la de esa Puerta del Sol llena de gente responsabilizando al gobierno de un atentado terrorista. Esa gente que lleva la bandera de España hasta en la goma de los calzoncillos pero que no duda en atacar a sus propias instituciones en un momento de crisis.

Hoy todos han quedado retratados. Y no voy a escribir aquí mis conclusiones, pero una lectura de los editoriales y artículos de opinión de la prensa nacional, en papel y digital, es suficiente para ver dónde está cada uno. Estos días he leído cosas que ojalá no hubiera visto nunca. No voy a dar referencias, que cada uno juzgue la realidad como quiera. Pero estamos peor que nunca.

Mi único consuelo es que todos han salido en la foto. Todos han elegido su sitio. Para mi universo moral es suficiente.

Así que os deseo a todos un feliz año nuevo. Ojalá lo empecéis más esperanzados que yo. Un abrazo.

23 diciembre, 2006

Momentos de cambio (reflexiones miopes de fin de año)

No hay nada más fascinante en la Historia que los períodos de transición, esos años en los que las viejas estructuras parecen desmoronarse y ante los hombres de ese tiempo se abre un futuro de nebulosas espectativas. Por eso me atre la Grecia arcaica, la Roma tardorrepublicana, el siglo III, el año 1000, los años de las Reformas, el Siglo de las Luces, las entreguerras del viejo siglo XX... Son momentos de confusión, en los que todo tiembla, en los que las certidumbres parecen haberse esfumado.

Sé que los contemporáneos siempre vemos nuestro propio tiempo como un momento raro, extraño en la Historia de la Humanidad, singular y particular, sensación que no es sino la proyección de nuestras propias dudas y torbellinos íntimos. Pero aun siendo consciente de esto, creo que vivimos unos años de fuertes incertidumbres y de verdades famélicas. Y no me atrevo a meterme en el nivel abstracto del problema, la postmodernidad, la digestión de Auswitch y el Gulag, etcétera etcétera. Me refiero, sin embargo, a algo mucho más pequeño y que seguramente todos podemos observar a nuestro alrededor. Algo que se ejemplifica perfectamente con la Navidad.

Y no me refiero sólo, aunque sea lo primero que se nos viene a la mente, a la pérdida progresiva e infatigable del sentido original de la Navidad, de su vivencia como una celebración religiosa. Su conversión en un festival del consumo es más que un tópico. Hablo, sin embargo, de la Navidad como reflejo del resquebrajamiento de los lazos familiares. Tal vez esté muy influido por mi propia experiencia, pues en mi familia hemos pasado, en unos pocos años, de juntarnos prácticamente todos a cenar solos en casa con mi abuela (y encantados, claro). Pero creo que es ésta, por lo que veo y oigo, la tendencia general. La familia vista como un lugar de protección, como una institución cohesionada que crea lazos más allá de los religiosos, los políticos o los personales, ha perdido gran parte de ese valor. Y seguramente tiene mucho que ver en ello el aumento del nivel de vida de los españoles en los últimos años. El ideal de realización personal parece ser ahora más que nunca la creación de una familia nuclear con su casa, coche, home cinema y sus vacaciones en Benidorm, todo con la ayuda del banco. Y en ese mundo de bienestar a plazos la protección familiar parece innecesaria, se convierte en ridícula y desaparece.

Por eso digo que estamos ahora en un momento raro e interesante. Los viejos símbolos cada vez significan menos, los viejos dioses suenan a cuentos de viejos para muchos, los viejos lazos se diluyen, y con ellos las viejas seguridades. Y todo ello deja paso a un futuro, incierto como todos los futuros, que seguramente está creando ya otros lazos, otros símbolos y otros dioses que yo veo aún borrosos. Serán las dioptrías de fin de año.

18 diciembre, 2006

Conexiones (II): semillas madrileñas

Muchas veces las cosas se conectan solas. Es cierto que siempre tendemos a relacionarlo todo según nuestros sentimientos, nuestras circunstancias. Pero hay ocasiones en las que el esfuerzo de unirlo todo es mínimo. Son esos momentos mágicos en los que las cosas encajan, y la sensación que producen unidas se queda grabada para siempre. Eso me ocurrió en Madrid, hace ahora un poco más de una semana...

Es tanto lo que quiero escribir sobre todo lo que vi, sentí y entendí en esos días que he pensado que la mejor manera de hacerlo es dos o tres partes, porque hacerlo de una vez me bloquea tanto que creo que terminaría por no escribirlo. Y ya he tardado demasiado.

Así que despacito y con buena letra, en estas primeras líneas sólo quiero agradecer a mi amigo David su infinita generosidad por haberme acogido durante esos días tan fantásticos. Por tu amistad, por tu transparencia y por haberme mostrado lo más importante, que es siempre lo que está oculto, este post y los que vengan están dedicados a ti, con todo el cariño. No se me ocurre mejor manera de mostrar mi gratitud.

Y este pequeño viaje que recorrí vertiginosamente en tres días y que quiero trasladar poco a poco aquí, me llevó de El Greco a Sorolla, de Klimt al Perfume, la fantástica película estrenada hace poco, pasado todo ello por la mirada inocente del Principito. Una conexión, como casi todo, casual, espontánea, que me metió de lleno en el mundo de las pasiones y de los sentidos.


Continuará...



El paisaje más triste del mundo: el vacío total y una estrella que nos dice que el Principito está a muchas paradas de metro.


01 diciembre, 2006

Urbanidad


¿Podemos alegrarnos de un crecimiento basado en hipotecas y ladrillos?