01 julio, 2007

Caín y Abel

Después de haber tenido esto un poco abandonado (más que por los exámenes en sí, por la papilla mental que me provocan), toca ahora, daikiri en mano y a modo de terapia reconstructiva, añadir una nueva película a nuestra filmoteca particular. Y una de las buenas además.

Llevaba mucho tiempo queriendo ver Al este del Edén -Julia me la había recomendado- y por fin he podido disfrutar de esta impresionante reflexión sobre el ser humano y sus sentimientos más primarios. La mirada es profunda y apasionada y se amalgama con la cámara hasta tal punto que ambas son una misma cosa, creando un impacto visual de perfección técnica indescriptible.

Pero si algo permanece impresionado en mi retina es el personaje doloroso y brillante -como un fuego al rojo, que si se toca queda la marca para siempre- de Cal, interpretado por James Dean. En él se concentra una carga titánica de sentimientos que va moviendo la película hacia un final incierto pero que nuestra alma de hijos de Adán intuye desde el principio de la película. Cal es un animal infeliz e inquieto en el Edén, incapaz de ser como su hermano Aron, imagen perfecta de lo que su padre espera de ambos. La frustración de intentarlo lleva a la película al retrato descarnado del dolor más inmenso, de la angustia más horrible. Porque Cal no sabe ser el hijo que su padre desea. O tal vez sea el padre el que no sabe que en realidad no desea a su hijo. Pero la película intenta el encuentro y pasa de los planos inclinados, que transmiten la inestabilidad vertiginosa de su relación, a ese plano magnífico en el que ambos ven alejarse el tren de sus esperanzas: uno el humo negro, el otro el humo blanco, que le sigue. Un bello abrazo basado en la incomprensión. Un viaje que no puede acabar bien, porque el encuentro entre los dos es imposible.

Así se ve en una de las escenas finales, que no me resisto a poner, por su perfección técnica y por resumir brillantemente el argumento de la película. Tal vez es preferible que los que no hayáis visto la peli no lo miréis, porque revela alguna cosa. Si es así, recomiendo que la veáis, porque es una película impresionante, a la que todavía sigo dando vueltas. Tal vez escriba algo más dentro de un tiempo, pero quería fijar aquí la primera impresión. Os dejo con el clip. En él, la cámara logra el máximo punto de inestabilidad al seguir el movimiento del columpio, para luego volver a un plano inclinado, como los del principio de la película. La tensión entre padre e hijo no puede ser mayor. En esta escena Cal está a punto de renunciar a todo amor, incluso al de ella. En ese sentido, el final de la película cobra un significado liberador y optimista, esperanzado a pesar de las circunstancias.



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2 Comments:

At 02 julio, 2007 19:34, Anonymous julia dijo...

Qué película tan increible!!! Es magnífica!!! Y qué bien elegidas las fotos... la primera daría para muchos comentarios de simbología sexual y freudiana de quien tú y yo sabemos... ;)

A mí lo que más me llamó la atención técnicamente fueron esos planos inclinados que dices (por ejemplo, en la escena de la entrega del dinero, buf, pedazo de escena...).

Y lo mejor de la película sin duda es cómo se desarrollan los personajes de los dos hermanos dando la vuelta a la interpretación bíblica y cuestionando la figura de un Dios-padre autoritario e injusto, que prefiere los regalos de uno y rechaza de antemano los del otro. Como dices, no es que Cal no pueda ser como su padre quiere, sino que es el padre el que nunca podrá aceptarle, haga lo que haga... Y esa impotencia se expresa en esta película de forma extraordinaria.

Bueno, que es que tiene escenas que dejan la piel de gallina. Ojala hicieran películas con esa fuerza y profundidad ahora… :(

Besicos!

 
At 07 julio, 2007 14:28, Blogger Fernando dijo...

Es que cada escena está cuidada al milímetro... Me encanta lo que dices de la figura del Dios-padre. La simbología de la película es perfecta y su mensaje, atronador.

Un abrazo!

 

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