De pronto, Babel
Nos gusta vivir en un mundo protegido. Queremos saber, sí, pero que el conocimiento no nos ponga en peligro. Vivimos en nuestro pequeño universo de ideas domesticadas y de verdades inofensivas. Y de vez en cuando abrimos la ventana al mundo y vemos en el telediario bombas en Bagdad, pateras en Canarias, muertos en la frontera con Estados Unidos, una hambruna por aquí, un huracán por allí. Son realidades controladas.
Pero de pronto, no demasiado a menudo, una película rompe las reglas y se empeña en mostrarnos que la gente que se asoma a nuestras televisiones no es de atrezzo. Porque si algo tiene de valioso Babel es que sus personajes son personas y como tal son dibujadas por el trazo maestro de Alejandro González Iñárritu. Personas, y no simples guiñoles que sufren o sonríen. No son figurines ejemplares que pretenden apoyar un discurso, como en tantas otras películas. Ellas en su esencia humana y contradictoria son el discurso. Y ello con un atrevimiento casi insultante. Osadía técnica (la escena de la discoteca roza visualmente lo experimental), pero sobre todo argumental. No se puede llamar de otra manera al intento de unir cuatro historias que juntas conforman un brutal mosaico de un mundo globalizado y desconcertante. Claro que es un mosaico parcial e incompleto. Pero es su valiente intento de comprender lo que la convierte en una película imprescindible.
Babel es además una mirada nítida a la comunicación, a las relaciones humanas: la de los niños con su cuidadora-madre; la de los hermanos Abel y Caín redimido, como muy agudamente señala Ireth (me ha encantado tu reseña); la de Richard y su guía marroquí; la de Richard y su mujer, dibujada con trazos tan sutiles; la de la chica japonesa y su padre, que regalan una escena final preciosa... Una mirada madura y crítica, en la que no hay verdugos (un niño cabrero con un fusil no lo es), pero tampoco víctimas. Una mirada desde la frontera.
Y sin quererlo salgo de ver la película pensando que allí donde la pintura, la música o incluso la literatura contemporáneas se sienten desorientadas, el cine irrumpe insolente. Y quedo convencido de que el lenguaje cinematográfico es el mejor medio de reflexión colectiva de nuestro tiempo.
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