Son curiosos, los viajes. Un buen día, a comienzos del siglo XVI, un joven pintor flamenco descubre un pigmento precioso. Un azul intensísimo, un milagro de la naturaleza que en su paleta se convierte en un color inmortal. A quién le importa la laguna Estigia. A donde quiere ir el espectador es a ese paisaje del fondo, envuelto en un azul melancólico y misterioso, como la vida.

Años después tal vez un rey también de color azul melancólico lo compra, o se lo regalan, qué más da. Y el rey no se fija en la laguna Estigia, ni en el tenebroso incendio de la derecha. Posa sus pupilas, quizás rodeadas de color azul melancólico, en ese paisaje mágico de la izquierda que parece reflejar en ese instante el brillo apagado de su mirada, la tristeza inmensa de su alma.
Otros reyes lo miraron después, y reinas, y príncipes, y pajes. Y luego, con el tiempo, lo expusieron en una pared y mucha gente lo vio, cosas del despotismo ilustrado.
Y entonces lo vi yo. Y mis ojos marrones se fijaron en Caronte y en su barquita, en los fuegos tenebrosos, en los árboles y en las nubes. Pero al final se posaron con delicadeza en ese misterioso rincón de la izquierda. Y de pronto se volvieron azules de melancolía, como los de aquel rey.
El mismo color que toman cada vez que vuelvo a mirarlo, como he hecho esta noche hace unos minutos, y recuerdo cierto viaje y cierta visita al Prado. Porque aquellos pigmentos, hechos arte en la paleta de Patinir, se convirtieron para siempre en el azul melancólico que me recuerda a un amigo que tengo un poco abandonado (cosas de la distancia) en Madrid.
Por eso os advierto: no miréis mucho esa pequeña esquina, ese paraíso brumoso. Porque su belleza podría atraparos para siempre...

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