Cada vez que visito una catedral gótica no puedo evitar tener siempre la misma sensación. La certeza de que todo el edificio exterior no es más que un envoltorio, un andamio. Ni siquiera la extrema belleza arquitectónica de algunos arbotantes es capaz de ocultar su funcionalidad, su mero papel de refuerzo, de muleta. O los rosetones y los ventanales vistos desde fuera. No son más que pálidos caballetes, tan sólo bellos para nosotros, los modernos, que amamos la piedra desnuda. Pero es sólo al entrar en el interior de la catedral cuando el espectador entiende el sentido de tanto bastón exterior, de tanta bambalina. Porque el imponente exterior de un catedral no es más que el envoltorio de lujo, un andamio de oro que construye delicadamente el espacio interior. Da igual lo altas que sean las linternas del crucero; lo importante es esa luz misteriosa y de extrema belleza que lanzan sobre el altar de la catedral de Rouen. Qué importa lo elegante de las tracerías de los ventanales de la catedral de Chartres; su única misión es ser el bello marco de las vidrieras, esas vírgenes amantes del sol:

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